A propósito de Ängel María Villar

 

El cáncer de nuestra sociedad es el fútbol. No el deporte practicado en general, sino el negocio del fútbol. A través de esta monstruosa forma de alienación entra la corrupción en el individuo y se extiende en metátesis a otras partes del tejido social.

Tomen el ejemplo de ese jornalero que, tras doce horas recogiendo pimientos y recibir un salario de 20 euros, duchado y perfumado con barata agua de colonia, remangada la blanca camisa, se acerca al bar y, relajado, con la satisfacción del trabajo cumplido, se entrega a la contemplación de un partido de fútbol en la pantalla del televisor. Absorto y embobado repite, entre exclamaciones de admiración, que esos jugadores “se lo merecen todo”. Ese hombre está incapacitado para reparar en la enorme desigualdad entre su esfuerzo productivo y el de los participantes en el infantil espectáculo; si estos se merecen todo, él se merece los 20 euros por la agotadora jornada laboral. O ese otro que juega plácidamente una partida de dominó en la terraza y, al oír los gritos de ¡gol!, ¡gol! desde el interior del bar, abandona su juego y entra corriendo preguntando excitado, quizás babeando como el perro de Pavlov ante el reflejo condicionado: ¿quién juega?, ¿quién juega? Manipulado, no ve el gol que se han metido a sí mismo.  (El lector puede añadir de su propia experiencia a estos ejemplos de alienación).

El fútbol campa a sus anchas en este terreno abonado por el poder político y los intereses económicos, como lo mostró aquella viceministra del Gobierno cuando fue interrogada sobre qué pensaba del fichaje multimillonario, escandaloso,  de un jugador, y respondió que eso era un asunto de la empresa privada. Ni siquiera se permitió un comentario a título personal que hubiera servido de guía moral a la ciudadanía. Se topó con el fútbol, Sancho hermano, y apagó el fuego del agravio comparativo. Regateó a la equidad, a la igualdad.  Los padres que se agreden vergonzosamente en las gradas de los campos de futbol juveniles, compiten con sus hijos por este mismo botín… en la empresa privada.

Porque, no nos engañemos, lo que está de verdad en juego en este circo es el pan. Es viejo el truco. O, como dijo don Miguel de Unamuno referido a los toros: <<No me cabe duda  de que nada hay más sutilmente reaccionario que mantener la afición a los toros, porque es muy conveniente hacer que el público tenga hipotecadas su atención y su inteligencia…>> ¿Qué diría ahora ante este espectáculo del fútbol donde la habilidad física se confunde con el arte y la tragedia con una patada en las espinillas o el grito de ¡Gol!, que cura otro gol en la puerta contraria? Bienvenido sea este incruento pasatiempo, no obstante, si no fuera porque en sus infantiles cubiles anidan víboras que incuban bolas de oro para directivos, entrenadores, futbolistas, intermediarios, políticos y especuladores… (Pongan nombres).

Nosotros, al aplaudir este circo, como tontos útiles santificamos la corrupción y recibimos el mendrugo de pan.

 

 

 

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A propósito de Manolete

Parece ser que hasta finales del siglo XIII  no se encuentra testimonio histórico indubitado que nos hable de festejos donde los caballeros alanceaban toros y, en ocasiones, morían.  Gabriel de Tetzel, cronista del viaje a Castilla del barón Leon de Rosmisthal en el siglo XV, nos dice que, a su llegada a Burgos, fueron recibidos con fiestas de toros, en los que hombres a caballo acosaban y clavaban aguijones para enfurecerlos, y luego le soltaron perros que le sujetaban con gran fijeza, habiendo muerto en el lance un hombre y caballo.

Los Reyes Católicos, aunque no  llegaron a anular estos espectáculos, dieron preferencia a las justas y torneos, y el cronista Fernández de Oviedo refiere el horror que sintió la reina Isabel  cuando vió uno en Medina del Campo. La razón la expone así Natalio Rivas: “Al ser cosa de árabes, las prevenían extraordinariamente, porque hasta en ese aspecto querían extirpar todo vestigio musulmán”.

El Papa Pio V las prohibió en 1557.  Y Carlos III con su Pragmática fue el artífice que llevó a cabo la más dura prohibición en España de las corridas de toros, junto con Carlos IV. Los Borbones, por franceses, tenían menos motivos para entender la fiesta nacional y quizás el pueblo, por español, más para demandar su restitución, así es que, paradójicamente, cuando volvió el rey absolutista Fernando VII tras su confinamiento en la Francia napoleónica, parte del pueblo y el clero se le entregaban gritando a coro ¡Vivan las caenas!, al tiempo que demandaban ¡Toros! ¡Toros!, como una reacción castiza, retadora y chulesca que reclamaba su victoria sobre franceses y afrancesados que le habían tratado de imponer costumbre extranjeras. Fernando VII los premió creando la primera escuela de tauromaquia, precisamente en San Fernando, Cádiz, cuna de la constitución liberal, mientras reprimía sin piedad las ideas liberales… El Nobel Jacinto Benavente protestaba en estos términos cien años más tarde: “Se diría que todo se teme de la inteligencia y nada de la brutalidad.”  Pero fue Unamuno quien dio una explicación:  “No me cabe duda -afirmó- que no hay nada más sultimente reaccionario que mantener la aficción a los toros… porque es muy conveniente hacer que el pueblo tenga hipotecada su atención y su inteligencia” (No sé qué diría ahora del fútbol). Y con él, toda una corte de ilustres que van desde Gabriel García Herrera a Tomás de Villanueva, hasta llegar a los regeneracionistas y noventiochistas del XIX, a los Costas, Ganivets, Barojas, Machados, etc., han censurado las corridas de toros, teniendo en  Eugenio Noel su máximo apóstol quien las consideraba como la “fiesta más soez e indigna del universo”.

Pero también son españoles García Lorca, víctima propiciatoria sacrificada en el altar de la intolerancia y el fanatismo, quien, según nos transcribe Giovani Papini, dijo: “Si los humanitarios y puritanos extranjeros, que habitualmente están dotados de inteligencia más bien estrecha, fueran capaces de profundizar en el verdadero secreto de la tauromaquia, juzgarían de manera muy diversa a nuestras corridas”. Y, en fin, Menéndez Pelayo nos dice que “dilucidar si las corridas de toros nos deshonran, o si son el menos bárbaro y el más artístico de todos los espectáculos cruentos dentro y fuera de casa, es obra de titanes”.

Así, hasta nuestros días, las corridas de toros han levantado su polémica, pero nunca la muerte de un torero ha sido motivo de fiesta y escarnio. Eso pertenece a estos tiempos bárbaros.

 

 

 

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De chiste

El 15J hizo 40 años de la celebración de las primeras elecciones democráticas de la que salió la Constitución vigente, pero con el Parlamento ocupado  por la moción de censura de IU-P al Gobierno de Rajoy como que estaba deslucido el día. Se hará oficialmente el día 28. En el entreacto toda una galería de notables, ya bastante cascados, han desfilado por los medios de comunicación hablando sobre la efeméride y elogiando aquel momento en el que se hizo la transición política de la dictadura a la democracia. Todos eran patriotas y demócratas en 1977 (o eso dicen) pero algunos otros, con parecido pedigrí y responsabilidades políticas en estos años, se han visto citados a declarar como testigos por presuntos delitos de corrupción o sentado en banquillos de acusados o está siendo investigados o  enchiquerados sin más.  O sea, que no lo eran tanto. Mirando este panorama, que desenmascara a muchos  políticos y empresarios, no parece que la cosa sea para tirar cohetes porque hace 40 años saliéramos de una dictadura muerto ya el dictador.  La democracia no es una fecha, sino el ejercicio continuo de la igualdad. Así es que más bien da un poco de vergüenza y grima por el estado del país hoy, a pesar de las machaconas cifras macroeconómicas del Gobierno que, por ejemplo,  no llegan a aliviar a ese 70% de familias encuestadas por Cáritas recientemente y que demuestra que el solo crecimiento económico made in Spain no elimina la pobreza. Y yo creo que la portavoz socialista Margarita Robles esgrimió la justa sensibilidad cuando le preguntó a Rajoy, con motivo de la inconstitucionalidad de la amnistía fiscal del ministro Montoro en 2012, con qué moral se presenta el Gobierno ni cómo puede exigir a los ciudadanos respeto a las leyes contributivas. Esta pregunta llega más hondo: ¿cómo estas personas que se apartaron de sus deberes democráticos y patrióticos pueden presentarse, no ya ante la ciudadanía honrada a la que probablemente desprecian, ni ante su propia conciencia de la que evidentemente carecen, sino ante sus propios allegados? ¿Qué les dicen a sus hijos, nietos, hermanos?

-Parece mentira que me usted venga con estas –me recriminó mi amiga Jacinta pesando el kilo de tomates-. Hay excusas para todo y golpes de pecho. Mire usted los argumentos del ministro Montoro. ¡Agarrarse a la crisis para amnistiar a corruptos que se habían llevado el dinero fuera y lo blanquearon y decir que así se ayudaba a los más necesitados! ¿En qué nos han aliviado en algo o no estamos nosotros cargando como burros con sus recortes y así llevamos seis años? ¡Dos tomates les tiraba yo a él ya los 35.000 defraudadores!

-Señora, dos tomates son pocos. Para asaltar esos torreones  hace falta más “tomates”.

-Muy gracioso que me salga usted con don Mendo. Lo que hay que hacer es sacar a Rajoy de la Moncloa.

-Ese es el chiste.

 

 

 

 

 

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Futuro incierto

La noche de la contundente victoria de Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE sus partidarios en la puerta de la sede del  partido en Ferraz, eufóricos, coreaban ¡Presidente!, ¡Presidente! No dejaba de chocar aquel optimismo, aunque  la verdad es que la amplísima cobertura de los medios de comunicación a esta convocatoria, como si realmente se tratara de unas elecciones generales, pudiera justificar este adelanto del futuro ansiado entre sus correligionarios y necesario para una revitalización de las políticas de izquierdas. Animaba mucho a las gentes de izquierda su “no es no” radical a Rajoy, las críticas a las políticas de austeridad, y ese canto de la Internacional con el puño alzado con el que terminaba Pedro Sánchez los mítines en las primarias. ¡Ah, cómo emborracha todavía ese vino viejo en odres nuevos! Sigue leyendo

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Los mutantes, las tijeras y la aguja

 

Iba yo a escribir un artículo dando un ¡Vive La France y el sistema!, cuando Jacinta, mi amiga la verdulera, me dijo que a ella el tal Macron le parecía un mutante. ¿Un mutante? Su observación se basaba en el aspecto físico del flamante presidente francés, sobre todo en esos ojos azules metálicos que confiesa le atemorizan.

-A usted, ¿qué le parece? ¿Cree que se puede confiar en él, solo porque el tomate de Le Pen no esté aún maduro?

Jacinta tiene este modo de expresarse y me quedé meditativo. ¿Un mutante? La verdad es que no se sabe dónde acabará Macron aunque sí de donde viene: pertenecía a la Banca  Rothchild, la dejó y se metió a político sin serlo, fue ministro de Economía y Hacienda con Holland, se salió a medio mandato y se presentó en un movimiento creado ad hoc y ganó, dejando al PSF hundido y llevándose sus votos que unió con los  republicanos de derechas de Fillon tocado por la corrupción. O sea, que cortó y zurció. Mutó. Y en un movimiento casi de ciencia-ficción política se cargó a los conservadores y a los socialdemócratas que habían dominado la escena política de la V República. Su victoria estaba cantada no obstante, porque le pusieron enfrente a Le Pen, que es, en expresión de Jacinta, “una mala hierba”.   Sigue leyendo

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La corrupción no es un juego

Es lógico pensar que, desde un punto de vista ético, los recientes escándalos de corrupción en el PP hayan creado una alarma social y que el presidente, señor Rajoy, deba dar explicaciones. Sin embargo, en la reciente conferencia de prensa tras la cumbre de Bruselas del G27, a la pregunta de un periodista al presidente Rajoy de si creía que estos escándalos  de corrupción de su partido pudieran afectar a la gobernabilidad, el presidente dio una larga cambiada y respondió con repetidos datos macroeconómicos.  España va bien. Y los jueces actúan y da por hecho que, quien lo hace, la paga.  No se asume ninguna responsabilidad política. Sigue leyendo

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Locos y ciegos

Si, más allá de las muchas calamidades que se padecen a diario, pensamos nuestro mundo con cierta perspectiva futura, la humanidad se enfrenta a dos amenazas apocalípticas: el calentamiento global y la destrucción atómica.  Puede que se relativice esta amenaza, no solo por los interesados en un negacionismo criminal y suicida que obedecen al instinto más egoísta del corto beneficio y “detrás de mí, el diluvio”, sino por los que, aun no siendo los responsables directos de estos peligros, habrán de sufrirlos de todos modos.   Es, pues, esta inmensa mayoría la que tiene que movilizarse para evitar, como dijo William Shakespeare en El Rey Lear, que los locos sigan conduciendo a los ciegos.  Porque cada vez se hace más evidente que esa genial imagen sigue reflejándonos hoy a los mortales: somos ciegos conducidos por locos. Sigue leyendo

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